Estuve preso y cogí colillas
cambiando el pan por tabaco.
Fueron los días más amargos de mi vida
y no creía poder contarlo.
Me comía la basura que hallaba
en las galerías y en los patios;
para mí las cáscaras de naranja
me parecían un exquisito bocado.
No pensaba llegar a ser libre
cuando purgaba injusta pena,
pues ninguna mente concibe
superar una larga condena.
Y hoy aún vivo, en mi reviven
aquellas nefastas miserias.